“Empecé a hacer ejercicio en casa para no perder movilidad, pero terminé ganando mucho más: energía, buen humor y ganas de seguir adelante.”

Lunes, 7:00 a. m.

Me despierto sin despertador. El cuerpo ya sabe que a esta hora no hay excusas. Me estiro en la cama, respiro profundo, y en 10 minutos ya estoy con la colchoneta lista en el living.

No voy al gimnasio. No tengo entrenador. Y no necesito nada más que mi cuerpo, una silla firme y ganas de no dejar que la edad me detenga.

Martes, 7:15 a. m.

Hoy tocan ejercicios de movilidad. Comienzo con círculos de hombros, abro y cierro los brazos, estiro la espalda. Me enfoco en mover cada parte lentamente, con control. A los 68 años, el secreto no está en la intensidad, sino en la intención.

Me ayuda poner música suave de fondo. Siento cómo me voy “aceitando”, como si el cuerpo entendiera que este pequeño ritual es lo que lo mantiene firme durante el día.

Miércoles, 7:30 a. m.

Me doy permiso para ir más lento. Hago una pausa activa en medio de la mañana. Caminar dentro de casa mientras muevo los brazos, sostenerme sobre un pie mientras me cepillo los dientes, subir y bajar un par de escalones. Todo suma.

No siempre tengo el mismo nivel de energía, pero aprendí que no se trata de hacerlo perfecto, sino de hacerlo constante.

Jueves, 8:00 a. m.

Hoy me concentré en piernas. Sentadillas con silla, elevación de talones, zancadas suaves agarrado a la pared. Antes me costaba levantarme del sillón sin esfuerzo. Hoy lo hago sin pensar.

Mi rutina dura 20 minutos. Nada más. Pero cambia cómo me siento el resto del día. Más ligero, más despierto, más en control de mí mismo.

Viernes, 7:45 a. m.

Estiro, respiro, me muevo. Termino con una sonrisa. Sé que he cumplido. Que este cuerpo, aunque ya no sea joven, sigue funcionando gracias al cuidado diario.

Después de mi mini rutina, me preparo un desayuno saludable y siento que el día comienza con otro ritmo. Uno que yo mismo elijo.

El simple acto de moverse te mantiene fuerte

Mi rutina en casa no es perfecta. Algunos días me siento más torpe, otros más ágil. Pero el simple acto de moverme me mantiene fuerte, presente y conectado conmigo mismo.

Si tienes más de 60 y no sabes por dónde empezar, hazlo simple, hazlo breve, pero hazlo todos los días. Lo que comienza con 5 minutos puede transformarse en un hábito que te cambia la vida.

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